Y una vez más, el sueño tocó a su fin. El sueño de una nación de ser elogiada, valorada, reconocida mundialmente. El sábado, todo español volvió a la triste realidad nacional; un país que nadie valora, y que incluso es envidiado en lo único que destacamos, el deporte. Un deporte que se ha visto manchado por la estela de algún tramposo que quiso mejorar más de la cuenta, y que ha salido a flote más rápido que una balón hinchado en una piscina. Y es que, pese a tener a los mejores deportistas mundiales en casi todas las especialidades, el dopaje resultó ser un punto negativo en la elección, teniendo más peso que fugas radiactivas que causan muertes en minutos en las inmediaciones de Fukushima.
Ya no se trata de los Juegos Olímpicos, ni del COI, ni de la madre que los parió a todos. Se trata de un país que pierde cada vez más y más seguidores en sus propias filas, donde la unidad está cada vez más difuminada, un país en el que cada político es más ignorante que el anterior y, me perdonen los que sean honrados y cultivados, busquen lucrarse por encima de entregar su dedicación a mejorar nuestra imagen y situación. Aquellos que nos gobiernan y representan, son los más trápalas y poco formados, mientras que millones de personas con carreras universitarias de alto nivel están parados, sin esperanza alguna. Estafados, humillados por un sistema que les promete, si me lo permiten, "el oro y el moro", para luego darles con la cruda realidad en las narices.
Y cuando parece que algo va mejorando, que tenemos posibilidad en alguna cosa, nos enfundamos nuestros trajes de gala, la botas bien altas y la estrella de "sheriff" , y nos presentamos en Buenos Aires cantando victoria antes de que empiece el partido. En la primera votación, jaque-mate. No nos quieren ni austeros ni derrochadores, ni instalaciones hechas ni por hacer. Y es que esta España, desde que el mundo es mundo, siempre fue fanfarrona y siempre lo será.
Para colmo de males, entre discursos cum laude en inglés y batacazos y subidas de las "ovejitas" en la bolsa, el alcalde de no sé qué ciudad viene a darnos el penúltimo dolor de muelas. Su ciudad es incomparable, inmejorable, está al nivel del Reino de los Cielos. Pues, con todo el respeto muy señor mío, métasela donde le quepa.